Hace una semana estuve hablando con mi ex por teléfono. Terminamos hace como dos años ya que él se iba a ir a estudiar al Paso, y no íbamos a poder vernos como antes.
Al final, el programa educativo no era lo que él esperaba y se regresó a esta ciudad, pero seguimos siendo amigos, nos mensajeamos de vez en cuando y hasta hemos hablado de otras personas con las que hemos salido.
No obstante, hace una semana, les digo, nos encontramos en un Starbucks. Los dos andábamos solos, así que después de un efusivo abrazo, nos sentamos y empezamos a recordar viejos tiempos.
Ambos somos amantes del café, así que a un expreso le siguió otro, y el día empezó a ponerse muy frío. Mi ex se ofreció a llevarme a mi casa, pues yo andaba en bicicleta, y estando ya ahí, pregunto por mis padres, quienes se fueron de viaje desde finales de enero y apenas han regresado a la casa hoy.
Lo invité a pasar porque en el camino me dijo que el café le había provocado jaqueca; eso nos recordó a nuestra primera cita.
Habíamos acordado no volver al pasado, pero sin querer esa anécdota llevó a otras. Terminamos sentados en la sala, bebiendo limonada, y de la nada surgió el tema de mi reciente ruptura amorosa con un chico con el que me había visto en una fiesta. Empezamos a bromear de ellos y de repente empezamos a hablar de nuestras experiencias sexuales con otras personas, ya que cuando él y yo tuvimos sexo por primera vez, ambos éramos vírgenes.
Entre broma y broma, el ambiente se puso denso y cálido. De repente marcó su novia, y él dijo: “Aún no termino de hacer las compras; lo mejor es que nos veamos hasta mañana”.
Creo que la chava se enojó porque se oían sus gritos sin estar el teléfono en altavoz. Lo noté nervioso;me pidió permiso para fumar, cosa que sólo hace cuando siente ansiedad.
—¿Te confieso algo? Amo a mi novia, pero no sé por qué, a pesar de que he estado con más mujeres, sigo pensando en tus pechos y el corazón se me acelera.
Cuando dijo eso, tomó una bocanada grande del cigarrillo y fijó la mirada en la pared, avergonzado y pensativo.
Yo reí a carcajadas; fue una reacción natural para ocultar mi propia sorpresa y vergüenza, y también mi iniciada excitación que recordó todos aquellos momentos en los que él me hacía esa declaración sobre mis senos.
–¡Están tan normales! Ni siquiera son tan grandes como los de tu novia. ¿Por qué dices eso?
Cuando dije eso, seguía riendo, pero mi mueca se disolvió cuando me vio a los ojos, y se lamió los labios.
Me levanté y fui a la cocina por más limonada; cuando regresé al sofá, él parecía muy tenso, como incómodo.
Yo no supe qué hacer; realmente quería que estuviera conmigo un par de horas más, pero ya era noche y pensé que seguramente él no quería que yo malinterpretara su confesión. Finalmente éramos amigos.
—Oye, somos amigos, no te sientas mal por decirme eso que dijiste, lo entiendo, a mí me pasa lo mismo; fuiste el primero, jamás podré olvidar eso.
Y entonces acaricié la nuca y la espalda. Él volteó y me preguntó que específicamente de qué me acordaba, entonces yo no supe qué decir.
Seguí acariciando su espalda, sentí sus músculos tensos, y de la nada él empezó a acariciar mi rodilla; nos mirábamos sin decir nada.
Después de algo así como un minuto, que me pareció una hora, se abalanzó contra mí y comenzó a besarme, metiendo su lengua suavemente entre mis labios.
Yo quería decir algo; sabía que estaba mal lo que estábamos haciendo. Funcionábamos más como amigos, pero había olvidado lo delicioso de sus labios. Pensé que la situación estaba bajo control, pero su mano tocó uno de mis pechos y buscó el pezón con la punta de los dedos, por encima de mi suéter.
—Eso es algo que recuerdo muy bien —dije yo, cuando él dejó de besarme los labios para besarme el cuello.
—Y yo, esto —dijo al mismo tiempo que mordió mi oreja y no pude evitar soltar un gemido. Era como un secreto de mi cuerpo, una de mis zonas erógenas más eficaces.
Él seguía tocando mis pechos, al mismo tiempo que yo sentía su erección frotando mis jeans. Una parte de mí se entregaba del todo a las sensaciones que ya había vivido antes; pero mi ego se sentía aún mejor sabiendo que tenía novia, y aún así, me deseaba tanto como yo a él.
Sin quitarme el suéter, lo desabrochó y besó mis pezones por encima del sostén. A ese grado yo ya no tenía el control de nada, y me dejé llevar, como aquella primera vez, cuando éramos vírgenes.
Después se alzó sobre mí y me vio a los ojos; yo estaba temblando de placer, él sonreía de esa forma tan maravillosa que años atrás había logrado que me enamorara de él.
Bajó a mi vientre, me alzó el suéter y besó mi ombligo al mismo tiempo que desabrochaba mis jeans. Los bajó de un tirón; pocas personas saben que no suelo usar ropa interior. Él aprovechó eso y abrió mis piernas para empezar a hacer la segunda cosa que más extrañaba de él: su habilidad para dar sexo oral.
Mientras él hacía eso, yo lo jalaba del cabello y le decía:
“Te he extrañado tanto, eres el mejor amante que he tenido en este tiempo, nadie es como tú”, le decía con la voz entrecortada, a punto de llegar a mi éxtasis.
Pero él me conoce muy bien, sabe el punto exacto dónde exploto, así que antes de que eso pasara y justo después de mi declaración, se detuvo nuevamente, se levantó, sacó de su cartera un preservativo y me mostró su erección mientras se lo colocaba.
Yo lo veía: su abdomen, su miembro, sus manos. Me cargó y me dejó de nuevo en el sillón de espaldas. Él tiene esa habilidad de ser tierno y salvaje a la vez, algo que me derrite y no he encontrado en ningún otro hombre, y eso que he estado con varios más.
Se subió encima de mí y empezó a penetrarme, mientras me decía:
“Yo no he dejado de pensar en esto un solo día. Cuando me masturbo, siempre estás ahí. Incluso se me ha salido tu nombre cuando estoy con otras personas. “No puedo olvidarte, no sé cómo, apenas puedo creer que estemos haciendo esto de nuevo, es como un sueño”.
Esto lo decía mientras me penetraba fuertemente; me sostenía de la cintura con una mano y con la otra, el hombro. Me lo decía al oído y nuevamente me mordió. Entonces no pudimos contenernos más; yo terminé y las contracciones de mi sexo hicieron que él terminara también.
Duramos unos momentos así, semidesnudos, él encima de mí, el aire silbaba por la ventana. Yo quería pedirle que se quedara, pero no me atreví. Cuando lo consideré oportuno, me moví para que él me dejara levantarme y comencé a vestirme. Él hacía lo mismo; no decíamos nada.
Me pidió permiso para entrar al baño; yo me quedé sentada en el sofá. Sin más, al regresar, me dijo que ya se iba para dejarme dormir, pues en la mañana tendría práctica de enfermería.
En el umbral de la puerta nos besamos en la mejilla, nos abrazamos fuerte y se lo dije:
“Te quiero”.
Él dijo lo mismo, se dio la vuelta a su auto y se fue.
Eso fue la semana pasada; aún me sentía insegura por lo que había pasado. Finalmente, mi idea no era que dejara a su novia. Aunque yo sabía que tenían problemas porque ella era muy celosa, no quería ser yo una razón que colmara el vaso de agua en la relación de ambos.
Hoy mismo, al levantarme, tenía un whatsapp de él:
“Hola, se me antoja un café como el de la semana pasada.
¿En el mismo Starbucks?
PD: Si me da jaqueca y ya llegaron tus padres,
nos vamos a mi departamento; nuevamente vivo solo”.
Buenísimo.
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