viernes, 14 de agosto de 2020

La navidad pasada.

Crecí en una familia católica tradicional. Recuerdo que hasta los 13 años no comprendía muy bien cómo era tener relaciones sexuales, y sentía aversión a buscar cosas en Internet.

Por algún motivo me sentía avergonzada cuando al bañarme estimulaba mi cuerpo accidentalmente, y muchas veces sentía que algo dentro de mí dormía y tenía que despertar.

Tuve mis quince, como cualquier otra adolescente; mi padre estaba orgulloso y mi madre decía que por fin era una señorita. Mis amigas eran adolescentes, incluso con uno o dos años menos que yo, con las que iba a comer nieve después de la misa dominical. Las niñas de mi edad se burlaban de mi inocencia y preferían sacarme la vuelta si acaso intentaba socializar. 

Era muy gracioso, ahora que lo pienso, como mi círculo estaba cerrado al grado de desconocer aspectos básicos de la sexualidad. Incluso sentía miedo.

Cuando entré a la preparatoria, conocí a Gustavo; era un muchacho guapísimo, aunque muy solitario e introvertido. Éramos los más estudiosos de la clase, así que siempre terminábamos juntos en proyectos y tareas. A los 16 nos hicimos novios. Lo presenté en mi casa; él vibraba en la misma frecuencia que yo respecto al sexo, incluso terminamos asistiendo a la misma iglesia los domingos.

Hasta que un día, nos besamos tan apasionadamente antes de despedirnos, que sentí que algo sucedió en mi ropa interior. Estaba mojada, me dio mucha vergüenza.

No ahondaré en detalles respecto a mi relación con Gus; anduvimos hasta la universidad, él se fue a vivir a otra ciudad y decidimos que lo mejor era no ser novios a distancia. Durante nuestro noviazgo y después de ese beso, poco a poco fuimos experimentando cosas; no hablábamos al respecto, pero nuestros besos empezaron a incluir lenguas, nuestras caricias empezaron a incluir apretones. Nunca nos tocamos debajo de la ropa, pero "accidentalmente", más de una vez sus dedos estimulaban mis pezones, mi pelvis se frotaba con su pene erecto debajo del pantalón.

Descubrí la masturbación porque un día, en el baño, sentí un pequeño escalofrío en mi vagina. Toqué "accidentalmente" mi clítoris como muchas veces antes lo había hecho "sin querer"; pero ahora no quise detenerme, y lo toqué hasta que sentí otra vez que me mojé desde adentro. 

Al salir de la ducha estaba muy avergonzada, pero lo volví a hacer. De repente se me hizo costumbre bañarme antes de dormir, y sobre todo después de volver de la plaza con Gustavo.

Darle una condición de accidental me ayudaba a lidiar con la culpa, y así, con 16 años, inicié apenas el descubrimiento de mi sexualidad.

La explosión se dio justo cuando Gustavo y yo cortamos. Sin sus roces, mi cuerpo estaba tenso; algo de mí lo extrañaba más que yo misma. Fueron unas largas vacaciones antes de entrar a la universidad; mi primer semestre se me fue en tareas, estudio, negarme a irme de peda con mis nuevos compañeros y tomar clases adicionales de inglés y danza. 

Entonces, llegaron las vacaciones de invierno. No pude más, convencí a mis padres de que me dejaran ir de paseo a la ciudad donde Gustavo estudiaba. Lo hablé con Gustavo, ambos estábamos felices.

Para tranquilidad de mis padres, en esa ciudad vivía una de mis tías, una prima de mi padre, que era "de buenas costumbres" y que me aceptaría en su casa, gustosa, una semana.

Gustavo estaba en un seminario de la facultad y estaría disponible hasta el tercer día de mi llegada. Mientras tanto, tendría que encontrar una forma de distraer mi ansiedad.

No había problema, estaba mi prima Laura, quien de hecho resultó ser compañera de clases de Gustavo. No teníamos mucho contacto, apenas un intercambio de saludos en redes sociales de vez en cuando. Laura nunca estaba en fiestas familiares, y la última vez que la había visto, tendríamos ambas unos 8 años; era muy seria, igual que yo. 

Cuando llegué a casa de mis tíos, mi tía me preparó un café y conversamos un poco sobre mi carrera, sobre Gustavo, a quien nos dirigimos como mi amigo, de mis padres. Había sido un viaje de dos horas en avión y luego una hora en taxi dado el tráfico, así que le dije a mi tía que estaba cansada y que quería dormitar un poco. Eran las 8 de la noche, me abrió la puerta del cuarto de Laura; había una cama enorme, así que ahí iba a dormir y, en lo que Laura llegaba, me invitó a usar la computadora o ver la televisión.

Puse una película y me quedé profundamente dormida. Después, mi tía me despertó zarandeando mi brazo; venía con Laura. Mi prima estaba muy distinta a como pretendía encontrarla. Tenía un arete en la nariz, el pelo teñido de rosa, sus facciones eran más duras y parecía incluso mayor que yo. Traía ya puesta una pijama de franela negra, me saludó, no muy efusiva por cierto; me ofrecí a dormir en el suelo, pero ninguna de las dos aceptó. Me levanté a ponerme mi pijama y me volví a acostar; esta vez, con el cuerpo cálido de mi prima en un lado. Me sentí extraña, incómoda.

Por ahí de la madrugada, un movimiento extraño me despertó. Escuché a Laura aguantando la respiración; adiviné, aun dándole la espalda, sus manos haciendo cosas bajo las cobijas. Eso, por un lado, me incomodó, pero imaginar lo que hacía mi prima me hizo mojarme; sentí pánico, empecé a toser.

Laura se detuvo en seco, me preguntó que si estaba bien, le dije que sí y me dijo que ella sufría de insomnio. Empezamos a conversar, poco a poco su agitación muy obvia se fue normalizando. Todavía no daban los primeros rayos de luz del sol cuando me preguntó que si tenía novio; le conté todo acerca de Gustavo, y ella se reía con mis confidencias. 

Me preguntó si era virgen, le dije que sí, que tenía miedo de defraudar a mis padres si dejaba de hacerlo. Ella me dijo: "Supón que sucede por accidente". Sentí nuevamente un relámpago entre las piernas; amaneció y nos dormimos.

Por la mañana, mi tía me despertó para desayunar. Me contó que Laura era muy distinta a mí, que procuraba no estar en casa y que siempre andaba metida en asuntos de la universidad. Le conocía apenas un par de amigas; alguna vez una se quedó una temporada a dormir los fines de semana, pero un día simplemente no volvió.

Mi tía era algo obtusa. En la noche, sin titubeos, mi prima llegó al cuarto y empecé a hablar con ella. Le pregunté si era lesbiana.

"¿Te dijo algo mi mamá?" me preguntó, avergonzada.

"No, nada, yo creo que ni lo supone. Ella tal vez asume otras cosas, como que te drogas o algo así; yo creo que si supusiera que eres lesbiana, ni siquiera te hubiera dejado dormir con tu novia".

Laura se puso seria, no decía nada, me dio la espalda con el pretexto de descalzarse para acostarse por fin.

"No te sientas mal, la verdad es que a mí no me importa si eres lesbiana o no. Mi familia es algo rígida en estos temas, pero yo prefiero ni hablar con ellos porque no coincido. "Yo te apoyo, somos primas", le dije.

Laura empezó a llorar y nos abrazamos, empezamos a contarnos cosas. Me dijo que Arlet había sido su novia desde la secundaria, que desde que ya no sale con ella había intentado salir con hombres, pero que no le gustaba.

Yo le dije que a veces pensaba que nunca iba a lograr salir con nadie más que Gustavo. Ella, muy seria, me contó que Gustavo había salido con un par de mujeres conocidas suyas en el semestre, que no me lo había querido decir para no hacerme sentir mal, pero dado que ya estaba a punto de encontrarme con él, lo mejor era que supiera todo. Extrañamente, no me sentí mal.

Hablamos mucho, hasta que la madrugada puso las cosas en silencio; tuvimos que bajar la voz, así que estábamos muy juntas hablando quedito, como dos niñas escondidas, en una noche muy fría.

"Entonces, ¿nunca duermes?", le dije.

"Batallo para dormir todos los días; si quieres, duérmete tú", me dijo.

"No es eso, es que me da pena que no duermas. ¿Qué haces para dormir aunque sea un poco?"

Laura se rió, y después, como si fuera una confidencia muy infantil, me dijo: 

"Me masturbo".

Me tapé la boca para que no se escuchara mi carcajada; me dio lo simple y, sin pensarlo mucho, le dije: "¿Cómo se hace eso?".

Medio segundo después me sentí muy imprudente al preguntar algo así, pero entonces Laura se rió y me preguntó si nunca lo había hecho.

Le conté que accidentalmente alguna vez me toqué mientras me bañaba, pero que me daba pena.

"Sí, yo también lo hacía por accidente con la almohada. Un día, por accidente, Arlet puso su lengua ahí y empezaron a ocurrir muchos accidentes".

Ambas reíamos como si estuviéramos borrachas. En el fondo, algo se despertaba dentro de mí; dije que tenía sueño y, con esa excusa, dejé la conversación.

A la mañana me desperté sola, tenía un mensaje en el teléfono. Era Gustavo, me confesaba que prefería no vernos, que tenía novia desde hace unas semanas, y se sentía mal verme a mí. Al principio yo sentí coraje porque me sentí engañada, luego solo respondí que estaba bien. 

De nuevo, todo el día estuve encerrada en la casa de mi tía. Me negué a contarle algo, le dije que me sentía enferma de gripe: "Qué mala suerte enfermarme en mis vacaciones". Me acosté temprano, esperando a Laura.

Había yo conciliado el sueño cuando la escuché llegar a la casa; escuchaba reprimendas por parte de mi tía, ella apenas le respondía algo, llegó al cuarto y cerró rápido. Ni siquiera prendió la luz, quizá supuso que estaría dormida, porque incluso parecía que no quería hacer ruido.

Yo había llorado un poco esa tarde, así que no tenía muchas ganas de platicar; fingí que de verdad estaba dormida. Con los ojos cerrados adivinaba sus movimientos en la oscuridad, su cuerpo desnudo buscando la pijama a oscuras; de todos modos nadie la iba a ver. Accidentalmente, mi mano, que estaba calientita en medio de mis piernas, rozó mi vulva por fuera; mi propio quejido alarmó a Laura.

"¿Estás despierta, Nancy?

Prendió la luz, le dije que me había despertado porque la sentí, le conté lo de Gustavo, ella me contó que había ido a una fiesta y se había topado con Arlet y su nueva novia, bebió de más porque estaba triste, y por eso mi tía la estaba regañando.

"No estés triste, Laura, eres una persona muy especial, pronto encontrarás a alguien". Le dije eso mientras adivinaba su mirada en la oscuridad, pues luego de terminar de ponerse la pijama y de haber encendido la luz para saludarme, la había apagado de nuevo y estábamos acostadas, como el día anterior, hablando de cerquita para que no nos oyeran.

Esa noche estaba haciendo aún más frío; mis pies no se lograban calentar. Al parecer, estaba resfriada en serio.

"Tu tampoco estés triste, Nancy, Gustavo es un pendejo, tú eres muy bonita", me dijo.

"Me siento mal, Laura, de verdad tengo mucho frío".

"Yo también, ven, te caliento los pies", dijo y me pidió que pusiera mis pies entrelazados a los de ella. Casi se me tibiaran al contacto.

Laura empezó a contarme sobre Arlet y empezó a llorar; no pude más y la abracé tratando de calmarla. Terminamos abrazadas, ella sobre mi pecho y nuestras piernas entrelazadas.

Luego, le dije que tal vez era hora de dormir. Al desapartarnos, sin querer, puse mi mano en uno de sus pechos y por inercia, la verdad, no fue intencional; lo hice sin pensar, lo apreté.

"Nancy", dijo y se rió.

"Perdóname, Laura, fue sin querer", dije muy apenada.

Ella dijo: "Está bien, no me molesté, creo que tienes curiosidad, desde el primer día lo noté".

Me quedé estupefacta; tuve la idea de que desde la primera vez mi prima se masturbó sabiendo que yo la estaba escuchando.

Habían pasado ya tres noches, habíamos hablado como nunca desde niñas, estábamos juntas, en la oscuridad, habíamos llorado por amor, mi alma estaba desnuda frente a ella, no podía seguir negando esto por mucho que me molestara.

"Pero somos primas", dije.

Y entonces ella dijo: "Los accidentes pasan, solo cierra los ojos, no hagas nada hasta que yo te lo pida, trata de no hacer ruido como ahorita", me dijo y soltó una risita.

Me entregué a sus órdenes. Lo primero que sentí fue su boca contra la mía; sus besos eran tiernos, su boca era suave y sabía a lipstick de cereza. Mientras aumentaba la frecuencia de sus movimientos labiales, su mano me tomó de la nuca. Estábamos acostadas una al lado de la otra y solo nos unía nuestro beso.

Tal vez estaba excitada, pero también estaba muy enternecida por sus ricos labios.

Se incorporó, de cuclillas, a un lado de mi cuerpo. Abrí la boca para preguntarle qué iba a hacer cuando me puso un dedo en los labios pidiéndome silencio; se lo besé.

Acercó nuevamente su boca a mi boca, me dio un tierno beso y después me dijo en el oído: "No hagas nada hasta que yo te lo diga, solo disfrútalo. "Si algo te molesta, me detendré, pero por lo demás no digas ni hagas un solo movimiento".

Mi pijama era de botones; me gustaba porque era azul y tenía ositos dibujados. En ese momento, lo que más adoré fue que los botones liberaban fácilmente mi pecho y mi abdomen. Sin dejar de besarme, Laura empezó a meter sus manos debajo de mi brasier y a jugar con mis pezones erectos. Nunca nadie me había tocado así, y aunque moría de miedo, el placer era mayúsculo, así que no dije nada; fui obediente como ella me lo pidió. 

Después, retiró su boca solo para ponerla sobre uno de ellos; gemí y me retorcí de placer. Mi prima me tapó la boca con la mano y empezó a succionar. 

Sentía que iba a explotar, pero eso no fue nada. En esa misma posición, uso la otra mano para meterla debajo de mi ropa interior; llegó a mi pubis, estaba mojadísima. Sin mayores rodeos, empezó a masturbarme. No aguanté mucho, me vine y grité de placer, en un grito ahogado por su hermosa mano que presionaba fuerte mi boca.

Después, aun temblando de placer, me libero los labios para besármelos y preguntarme si me gustó. Puso su cuerpo sobre mí y me besó toda la cara, tiernamente, mientras yo ni podía hablar. Cuando pude reincorporarme, le dije en el odio: "Ahora sigo yo".

Por un lado, sentía pena, pues nunca había hecho algo semejante ni siquiera con un hombre, y también sentí miedo de que tal vez no lo iba a hacer bien, pero mi prima era tierna y sé que lo deseaba mucho. Le repetí lo mismo: "Ahora tú no hagas nada". Inicié más o menos como ella; le besé la boca, el cuello. Cuando llegué a sus pechos, no sabía cómo meterlos a mi boca; sentía una mezcla de curiosidad, deseo y pena, pero lo hice. Sus senos son enormes, su pezón jugaba en mi lengua, y ella solo se retorcía de placer.

No sé qué pasó dentro de mí , pero cuando sentí su humedad en mis manos, deseé probarla, así que le bajé los pantalones y me acomodé en medio de sus piernas para lamer su sexo, mojado, cálido, con apenas vellos. Lamí, torpe, pero frenéticamente; el sabor en realidad me gustó. Mi prima empezó a retorcerse y se las arregló para alcanzarme una mano y hacer que la pusiera sobre uno de sus pechos. Me excitó mucho, tanto que cuando ella se vino y sentí sus contracciones en mi lengua explorando dentro de su vagina, yo también me vine de nuevo.

El ciclo se repitió un par de veces más esa noche, y cada noche durante mi estancia en aquella ciudad donde tuve la mala suerte de enfermarme y contagiarla a ella, pues tampoco salió de casa o de la cama y hasta mi tía nos llevaba comida a las dos. Estuvimos viendo películas, platicando sobre cosas y explorando nuestros cuerpos cada noche hasta el amanecer. 

Eso fue la Navidad pasada; han pasado cosas desde entonces. Ella volvió con Arlet y yo empecé a salir con otro muchacho, un muchacho hermoso que es muy dulce, pero cuyas manos y palabras no me llevan al éxtasis como Laura. Por eso me he decidido: iré a buscarla otra vez antes de que termine el verano.

domingo, 2 de julio de 2017

Café.

Hace una semana estuve hablando con mi ex por teléfono. Terminamos hace como dos años ya que él se iba a ir a estudiar al Paso, y no íbamos a poder vernos como antes.

Al final, el programa educativo no era lo que él esperaba y se regresó a esta ciudad, pero seguimos siendo amigos, nos mensajeamos de vez en cuando y hasta hemos hablado de otras personas con las que hemos salido.

No obstante, hace una semana, les digo, nos encontramos en un Starbucks. Los dos andábamos solos, así que después de un efusivo abrazo, nos sentamos y empezamos a recordar viejos tiempos.

Ambos somos amantes del café, así que a un expreso le siguió otro, y el día empezó a ponerse muy frío. Mi ex se ofreció a llevarme a mi casa, pues yo andaba en bicicleta, y estando ya ahí, pregunto por mis padres, quienes se fueron de viaje desde finales de enero y apenas han regresado a la casa hoy.

Lo invité a pasar porque en el camino me dijo que el café le había provocado jaqueca; eso nos recordó a nuestra primera cita.

Habíamos acordado no volver al pasado, pero sin querer esa anécdota llevó a otras. Terminamos sentados en la sala, bebiendo limonada, y de la nada surgió el tema de mi reciente ruptura amorosa con un chico con el que me había visto en una fiesta. Empezamos a bromear de ellos y de repente empezamos a hablar de nuestras experiencias sexuales con otras personas, ya que cuando él y yo tuvimos sexo por primera vez, ambos éramos vírgenes.

Entre broma y broma, el ambiente se puso denso y cálido. De repente marcó su novia, y él dijo: “Aún no termino de hacer las compras; lo mejor es que nos veamos hasta mañana”.

Creo que la chava se enojó porque se oían sus gritos sin estar el teléfono en altavoz. Lo noté nervioso;me pidió permiso para fumar, cosa que sólo hace cuando siente ansiedad.

—¿Te confieso algo? Amo a mi novia, pero no sé por qué, a pesar de que he estado con más mujeres, sigo pensando en tus pechos y el corazón se me acelera.

Cuando dijo eso, tomó una bocanada grande del cigarrillo y fijó la mirada en la pared, avergonzado y pensativo.

Yo reí a carcajadas; fue una reacción natural para ocultar mi propia sorpresa y vergüenza, y también mi iniciada excitación que recordó todos aquellos momentos en los que él me hacía esa declaración sobre mis senos.

 –¡Están tan normales! Ni siquiera son tan grandes como los de tu novia. ¿Por qué dices eso?

Cuando dije eso, seguía riendo, pero mi mueca se disolvió cuando me vio a los ojos, y se lamió los labios.

Me levanté y fui a la cocina por más limonada; cuando regresé al sofá, él parecía muy tenso, como incómodo.

Yo no supe qué hacer; realmente quería que estuviera conmigo un par de horas más, pero ya era noche y pensé que seguramente él no quería que yo malinterpretara su confesión. Finalmente éramos amigos.

—Oye, somos amigos, no te sientas mal por decirme eso que dijiste, lo entiendo, a mí me pasa lo mismo; fuiste el primero, jamás podré olvidar eso.

Y entonces acaricié la nuca y la espalda. Él volteó y me preguntó que específicamente de qué me acordaba, entonces yo no supe qué decir.

Seguí acariciando su espalda, sentí sus músculos tensos, y de la nada él empezó a acariciar mi rodilla; nos mirábamos sin decir nada.

Después de algo así como un minuto, que me pareció una hora, se abalanzó contra mí y comenzó a besarme, metiendo su lengua suavemente entre mis labios.

Yo quería decir algo; sabía que estaba mal lo que estábamos haciendo. Funcionábamos más como amigos, pero había olvidado lo delicioso de sus labios. Pensé que la situación estaba bajo control, pero su mano tocó uno de mis pechos y buscó el pezón con la punta de los dedos, por encima de mi suéter.

—Eso es algo que recuerdo muy bien —dije yo, cuando él dejó de besarme los labios para besarme el cuello.

—Y yo, esto —dijo al mismo tiempo que mordió mi oreja y no pude evitar soltar un gemido. Era como un secreto de mi cuerpo, una de mis zonas erógenas más eficaces.

Él seguía tocando mis pechos, al mismo tiempo que yo sentía su erección frotando mis jeans. Una parte de mí se entregaba del todo a las sensaciones que ya había vivido antes; pero mi ego se sentía aún mejor sabiendo que tenía novia, y aún así, me deseaba tanto como yo a él.

Sin quitarme el suéter, lo desabrochó y besó mis pezones por encima del sostén. A ese grado yo ya no tenía el control de nada, y me dejé llevar, como aquella primera vez, cuando éramos vírgenes.

Después se alzó sobre mí y me vio a los ojos; yo estaba temblando de placer, él sonreía de esa forma tan maravillosa que años atrás había logrado que me enamorara de él.

Bajó a mi vientre, me alzó el suéter y besó mi ombligo al mismo tiempo que desabrochaba mis jeans. Los bajó de un tirón; pocas personas saben que no suelo usar ropa interior. Él aprovechó eso y abrió mis piernas para empezar a hacer la segunda cosa que más extrañaba de él: su habilidad para dar sexo oral.

Mientras él hacía eso, yo lo jalaba del cabello y le decía:

“Te he extrañado tanto, eres el mejor amante que he tenido en este tiempo, nadie es como tú”, le decía con la voz entrecortada, a punto de llegar a mi éxtasis.

Pero él me conoce muy bien, sabe el punto exacto dónde exploto, así que antes de que eso pasara y justo después de mi declaración, se detuvo nuevamente, se levantó, sacó de su cartera un preservativo y me mostró su erección mientras se lo colocaba.

Yo lo veía: su abdomen, su miembro, sus manos. Me cargó y me dejó de nuevo en el sillón de espaldas. Él tiene esa habilidad de ser tierno y salvaje a la vez, algo que me derrite y no he encontrado en ningún otro hombre, y eso que he estado con varios más.

Se subió encima de mí y empezó a penetrarme, mientras me decía:

“Yo no he dejado de pensar en esto un solo día. Cuando me masturbo, siempre estás ahí. Incluso se me ha salido tu nombre cuando estoy con otras personas. “No puedo olvidarte, no sé cómo, apenas puedo creer que estemos haciendo esto de nuevo, es como un sueño”.

Esto lo decía mientras me penetraba fuertemente; me sostenía de la cintura con una mano y con la otra, el hombro. Me lo decía al oído y nuevamente me mordió. Entonces no pudimos contenernos más; yo terminé y las contracciones de mi sexo hicieron que él terminara también.

Duramos unos momentos así, semidesnudos, él encima de mí, el aire silbaba por la ventana. Yo quería pedirle que se quedara, pero no me atreví. Cuando lo consideré oportuno, me moví para que él me dejara levantarme y comencé a vestirme. Él hacía lo mismo; no decíamos nada.

Me pidió permiso para entrar al baño; yo me quedé sentada en el sofá. Sin más, al regresar, me dijo que ya se iba para dejarme dormir, pues en la mañana tendría práctica de enfermería.

En el umbral de la puerta nos besamos en la mejilla, nos abrazamos fuerte y se lo dije:

“Te quiero”.

Él dijo lo mismo, se dio la vuelta a su auto y se fue.

Eso fue la semana pasada; aún me sentía insegura por lo que había pasado. Finalmente, mi idea no era que dejara a su novia. Aunque yo sabía que tenían problemas porque ella era muy celosa, no quería ser yo una razón que colmara el vaso de agua en la relación de ambos.

Hoy mismo, al levantarme, tenía un whatsapp de él:

“Hola, se me antoja un café como el de la semana pasada.

¿En el mismo Starbucks?

PD: Si me da jaqueca y ya llegaron tus padres,

nos vamos a mi departamento; nuevamente vivo solo”.